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Fragmentos vitales, 1988

La primera vez que Roberto Fabelo presentó una muestra personal en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba fue en 1988. Se abrió paso en aquellas salas con un conjunto de sus dibujos explayado en una dinámica estructura instalativa. Porciones de tamaños diversos se expandieron en el espacio, en el tiempo, dilatando la fuerza de Fragmentos vitales que como exhibición, resumió una etapa comprendida entre 1984 –año en que el artista recibiera el Premio Internacional de Dibujo Armando Reverón en la I Bienal de La Habana–, y 1987, momento en que fueron realizadas las piezas casi en su totalidad y expuestas además en el Museo de Arte Moderno de Ciudad México.

Los dibujos tremendos de entonces, hechos al creyón sobre la aspereza y humildad del papel kraft, multiplicaron la potencia expresiva del material mismo tras el rasgado y el recorte de la composición mayor que configuraban; de este modo favorecían doblemente los gestos contenidos en los trazos abocetados con que emergían las conjunciones de cabezas humanas –cual retratos anónimos–, los animales, así como porciones de cuerpos y figuras asomadas –podría decirse refugiadas– en el interior de paupérrimas vasijas cotidianas. Lo profuso de ese último detalle permitió sentir el tema de «la mesa» como un elemento vital, de valor simbólico en amplios sentidos, aun en ese primer momento elíptico en que el todo fue narrado por las partes para luego reiterarse en el proceso evolutivo de la obra de Fabelo. Las imágenes que entregó el artista detallaban una precariedad extrema, que corroe a seres quienes en su exigua existencia parecían a toda costa querer escapar del mundo en que estaban confinados. Los dibujos expresionistas de Fabelo, iluminaron la desolación y la angustia de todos aquellos individuos marginados por la historia, en una urgente necesidad de mostrar el rigor que pesa sobre esa parte de la humanidad sometida a la violencia del desamparo, la indiferencia, el olvido.

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Fragmentos vitales, 1988

Con posterioridad, su discurso ascendió en la creación de una extensa galería de personajes: ángeles y demonios, especímenes deformes, sirenas y también mujeres de extraviado esplendor, animales magníficos y entidades híbridas, caballeros y locos. Desde ellos creció una ruta que tuvo amplia aceptación, en la que muchos degustaron con fruición esa hermosura contradictoria e inextricable de su obra, nacida desde la maestría técnica, el oficio virtuoso desgranado endibujos, acuarelas o telas realizadas al óleo, donde el color consiguió alcanzar protagonismo. Espacios dados a la fantasía y al tremendismo; atmósferas congeladas en el drama, la ensoñación o el erotismo en escenas sin distinción de lugar o tiempo, fueron concebidas a partir de fuertes contrastes, de la confrontación entre opuestos: belleza y horror, libertad y su ausencia, razón y delirio, crueldad y ternura, reflexión y juego. Sin embargo, en el entramado de ese extenso período de apariencia barroca, como muchos gustan distinguirlo, continuaron asomando multitudes atenazadas por más de un hambre, por más de un apetito. Otra vez afloraba la mención de los emboscados por el dolor, el infortunio, la soledad.

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Homenaje a Balthus, 2002

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El equilibrista en el pequeño teatro, 1996

Este recuento tiene la excusa imprescindible de apuntar esa continuidad que pocos distinguen en la manera como se ha modelado la más reciente producción del artista. Dentro de aquellos fragmentos tan vitales y en la teatralidad alentada por lo onírico, fue construyéndose –en la suma de casi veinte años– una identidad que descubre: absurdo, poesía, grotesco e ironía. En tanto, el ideario que forjó ese segmento ampliamente reconocido no dejó de mover el espíritu inconforme de un discurso cuya naturaleza prístina ha sido yvuelve a ser la aventura de la sobrevivencia humana. Lo que empezó a dar señales de cambio y a transmutarse fue la apariencia de sus obras, siguiendo un curso que lleva el ritmo de su inconformidad artística, la marca del descreimiento, de la curiosidad y sobre todo de la apuesta por el riesgo.

Fue así como aquella «mesa» postergada, inmaterial pero constante en su gravitación, quedó convertida en un conjunto escultórico de gran formato, armado con tosco aluminio. Un amplio salón del Museo Nacional de Bellas Artes fue colmado por la instalación de título homónimo. Una burda vajilla (platos, cubiertos, columnas de jarros y calderos, acumulaciones de materia diversa), remitía a un enfrentamiento de contrarios: vida/muerte, poder/desamparo, riqueza/miseria, progreso/destrucción; y se abría a una visión perturbada y a la vez renovadora del género de las naturalezas muertas. La exposición Un poco de mí (2003), donde esa pieza estaba inserta, comenzó subvirtiendo técnicas, escala y materiales habitualmente utilizados por el artista. La mesa junto a La cafedral; la serie Un poco de nosotros, así como otras piezas que completaron la propuesta, espejeaban desde una relación intimista con lo cotidiano, las vibraciones y contingencias de una época.

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En la Mesa, 2006

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Cafedral, 2003

Poco tiempo después, el mismo espacio fue testigo de una más osada transfiguración de Roberto Fabelo. Mundos (2005- 2006) mostró a un artista en pleno goce de su capacidad creativa, en el vigor y renuevo de las ideas con que aventuró la ruptura hacia una nueva visualidad. Cinco esferas suspendidas ante la vista de todos, expresaron la totalidad con extrema síntesis y a partir de materiales de alto potencial simbólico usados en su recubrimiento (casquillos de balas, osamentas animales y humanas, miles de cubiertos, carbón vegetal y más de 17 mil cucarachas) Eran denuncias acerca de los más acuciantes conflictos de la sociedad contemporánea. A través de cada una de ellas se narró la relación conflictiva que el hombre sostiene hoy con un entorno a punto de colapsar y destruir la vida en el planeta. El impacto de las guerras fue señalado de manera enfática por el artista, en particular las que se originan en el afán por el control del crudo, con toda la destrucción que ya han provocado.

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Mundos, 2006

Las alegorías conformadas a partir de esos Mundos, nacieron desde la medular estirpe de dibujante que no abandona a Fabelo. Un primer dibujo sobre masonite terminó de definirlas. Los trazos hechos con buriles y cuchillas sobreel tizne en las abombadas superficies de más de un caldero, sobrecogieron por la crudeza en el asomo de esos demonios que el artista confiesa rondan su subconsciente. Finalmente, sumó a lo cardinal algunas metáforas esgrimidas desde lo erótico, alternativas que tuvieron como soportes textiles estampados, completándose de esa manera una exposición provocadora, que terminó de perfilar el abordaje de lo tridimensional (esculturas/instalaciones), el reciclaje de materiales, el uso de desechos y el estudio de cada nueva materia por el valor morfológico y conceptual conferido a la obra y los retos a vencer que se le auguraban al futuro de su creación.

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Retrato de Antonio Maceo, 2005

Entre las piezas que se sucedieron con posterioridad (esencialmente dibujos a creyón de gran formato), se distingue, por su singular naturaleza, esa isla de Cuba que tomó cuerpo a partir de los volúmenes de múltiples recipientes marcados por el uso o el desuso abrumador. Cazuelas colmadas de grasa renegrida, sartenes, jarros de aluminio de muy diversos tamaños, con las huellas que las sales del agua dejaron tras mucho tiempo de ser usados en semejante faena de hervidura; cafeteras ennegrecidas por la costra empotrada sobrela superficie originalmente pulida, cuando habitualmente el café se derrama. Recipientes precarios, sin lustre, maltratados e invadidos por un silencio que fue un elocuente comentario del artista sobre lo contextual, en esa suma de dificultades que agobian y ponen en vilo a la nación, a esa isla con la cual andamos obsesionados.

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Estudio para Gran Ángel, 2003

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Isla de Cuba, 2006

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Cazuelas torres, 2007

12Hogar dulce hogar

A partir de los derroteros simbólicos marcados por esa instalación, Fabelo comenzó a realizar una serie que algunos han denominado Pinturas negras. Una abrumadora oscuridad se cierne sobre toda la superficie de las telas, construyendo un híbrido que toma lo conveniente de los bodegones y lo que interesa de lo tenido como paisaje, sin llegar a ser ni lo uno ni lo otro. Su síntesis sorprende, así como desconcierta su parquedad. Tienen esas pinturas la lucidez propia de los koans y, si nos dejamos alcanzar por la emoción que despiertan, no resultará extraño que sintamos cómo fluye en su preciso poder de evocación la viveza reflexiva del haikú.

Su obra reciente resulta el trazo definitivo de una perturbación esencial: la inquietud por el futuro. Inquietud donde lo universal impregna toda inmediación, y viceversa, en ese continuo de marejadas que nos revela su pensamiento. Así se avistan contingencias múltiples como la que descubre Calentamiento local, masa de agua presta a salirse de control, y mientras ese piélago interior lidia con sus circunstancias, Fabelo ha llevado más allá la tormenta equiparándola con la fuerza bruta de ese Volcán que es hambre amontonada: calderos rugientes empinándose en boca heráldica, para luego, por medio de esculturas en resina, fijar esa metáfora de la inconsecuencia humana con el entorno que es Sobrevivientes, escena que protagonizaron sus kafkianas criaturas durante la x Bienal de La Habana. Aquellos cuerpos híbridos, ascendiendo por la fachada del museo, en fuga hacia la luz, resultaron elocuente aprehensión del desasosiego y la angustia del mundo contemporáneo, en tanto dibujaban también la ruta de ese mar que en Roberto Fabelo no cesa en desbordamientos.

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Calentamiento local, 2008

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Sobrevivientes, 2009